20 de octubre de 2016

Víctimas del bullying

El acoso escolar es uno de los grandes males de nuestra era, reflejo a pequeña escala del mundo en que vivimos. Un mundo individualista, segregado, que usa la agresividad como manera de comunicarse, incapaz de protegerse ni de proteger, un mundo que hace oídos sordos al prójimo, cada uno a lo suyo y a lo de los otros sólo para criticar, exigir, culpabilizar... Vaya, que hoy ando en modo negativo.

Los factores que influyen el el bullying son muchos: sociales (esa desidia mundial descargada de cualquier capacidad para la empatía), estructurales (los colegios), individuales (víctimas y victimarios), familiares y por último, pero no menos importantes el grupo de iguales.

En realidad no puedo explicaros nada sobre el bullying que no se haya explicado en otros artículos sobre sus causa y efectos. Entonces por qué escribo este post. Pues porque hay dos aspectos que me preocupan y en los que creo que se hace poca incidencia.

Grupo de iguales


¿Qué pasa con el grupo de iguales en el bullying? Todos los artículos sobre acoso escolar hablan de los niños que sufren, los niños que atacan, los profesores, los padres tanto de la víctima como de los victimarios... Pero casi nadie menciona a los niños y padres, que no sufren acoso pero que son actores silenciosos y por tanto cómplices.

Considero que del bullying no son sólo responsables los implicados, sino aquellos que impasibles vemos sus estragos y no intervenimos. Tenemos el deber de enseñarles a nuestros hijos que el silencio o la ceguera nos convierten en cómplices silenciosos, que es su obligación como ciudadanos-estudiantes alzar la voz para defender a las víctimas, eso si, sin ponerse en riesgo. Los colegios deberían establecer los mecanismos para que los observadores también puedan denunciar casos de acoso. No podemos convertirnos en seres alienados, carentes de un sentido de pertenencia social, de empatía y por tanto de ética social al denegar ayuda a alguien que está sufriendo.

Pero por mucho que eduquemos a nuestros hijos con valores, o hagan asignaturas como educación para la ciudadanía, o haya mecanismos para que los observadores denuncien o protejan, si no ponemos en práctica esos valores siendo un modelo para nuestros hijos todo ese esfuerzo resultará inútil y  nos convertiremos a nosotros y a nuestros hijos en meros espectadores de la barbarie. 

¿Qué pasa cuando el acoso persiste?


¿Qué hacer cuando las medidas para acabar con el acoso no funcionan? Yo conocí a dos madres cuyas hijas sufrían bullying. En un caso una niña española que llevaba 3 años sufriendo acoso escolar en forma de violencia verbal, a pesar de que el colegio había intervenido y se habían llevado a cabo muchas medidas para intentar proteger a la menor y solucionar el acoso, ninguna había resultado efectiva y el acoso continuaba.  Otro caso similar lo encontré en Inglaterra donde una niña llevaba dos años de acoso verbal que estaba empezando a escalar a físico. De nuevo las medidas para terminar con el acoso se mostraron inefectivas.

A ambas madres les pregunté ¿por qué no la cambias de colegio? Y en ambos caso las madres me dijeron que eso no era una opción, que sus hijas tenían amigas en el colegio, que eso afectaría a su aprendizaje, una de ellas incluso me dijo que su hija tenía que aprender a defenderse. No les dije nada más. Pero en ambos casos me quedé con mal sabor de boca, para mí algo no estaba bien, así que a lo largo del tiempo le he ido dando vueltas y ahora como madre tengo claras mis ideas.

Entiendo que al detectar un caso de acoso lo primero es poner en marcha los mecanismos establecidos por el centro para hacer frente a dicha situación y solucionarla. Pero si no funcionan las medidas, como madre cambiaría a mis hijos de colegio sin dudarlo. Me da igual si eso es justo o no, si deberían ser los "victimarios" (que para mí también son víctimas) los que tendrían que cambiar de colegio. Lo que si sé es que mis hijos no son mi bandera de la justicia, yo soy mi bandera, a ellos tengo la obligación de protegerlos. ¿Por qué creo que hay que cambiar a los niños de colegio cuando no funcionan las medidas?

- en uno o dos años el colegio, por las razones que sea, no ha podido solucionarlo, la víctima no ha aprendido a hacerle frente, los victimarios no han cesado en su acoso. Para mí estaría claro que esa situación no va a mejorar. Por lo tanto el no cambio implica mantener a la víctima en una situación de acoso hasta la finalización de su escolaridad y eso me parece cruel.

- es mi obligación como madre/padre proteger a mis hijos de los malostratos vengan de quien vengan.

- por evitar los daños psicológicos y emocionales que les va a causar ese maltrato que va a continuar repitiéndose en el tiempo.

- no me asusta cambiar a mis hijos de colegio, me asusta que los maltraten.

- es absurdo pensar que tus hijos son incapaces de hacer nuevos amigos. Los niños no tienen porque perder a sus amigos aunque vayan a otro colegio y aunque así fuera la amistad no debe de estar por delante del bienestar del menor.

- si en el caso de maltrato de género o familiar, se procede a intentar separar por todas las medidas posibles a la víctima de la persona que la maltrata. Si nadie le dice a una mujer maltratada que no se separe porque sino nunca aprenderá a "defenderse" y a "hacerse valer".  No entiendo por qué dejamos a los niños tan desprotegidos cuando el maltrato es escolar y no se ha podido solucionar. Que alguien me explique una razón lógica, porque yo no encuentro ni una.

Evidentemente el cambio de centro educativo no es la última medida, el menor tiene que ir o continuar yendo (supongo que es algo que ya se ha hecho durante los dos años que ha durado el acoso) a terapia para poder trabajar la indefensión aprendida, la autoestima, asertividad, depresión/ansiedad... Porque el cambio de colegio va a acabar con una situación, pero no les va a dar herramientas para evitar que se repita en el futuro. Y esta labor sí que es imprescindible.

18 de octubre de 2016

Regreso

Hola. Otra vez tenía mi blog olvidado, otra vez dejé de escribir. Como siempre que tengo estos períodos largos en los que desaparezco es porque mi vida, nuestras vidas estaba, sigue estando de hecho, patas arriba.

Contaros que a finales de mayo cancelaron el proyecto a la compañía en la que trabajaba Papacorbata con lo que nuestras expectativas de pasar unos añitos estables en Qatar se volvieron trizas de la noche a la mañana. La incertidumbre una vez llamaba a nuestras puertas. Nuevamente un mes para cerrar una etapa de nuestra vida y pensar qué íbamos a hacer a partir de entonces, cuál sería el siguiente paso.

Algo teníamos claro y era que quedarnos en Qatar a la espera de si salía otro trabajo era inviable, por varias razones entre ellas lo caro que es vivir en Doha y la dificultad para conseguir un nuevo empleo al llevar menos de un año en el país por temas de permiso de residencia. Así que a empacar se dijo.

De momento nos hemos instalado en casa de los abuelos mientras buscamos nuevas alternativas. 

Pero no penséis que nos vinimos de Doha y nos hemos quedado aquí todo el verano, no, no. Eso sería demasiado aburrido para una familia como la nuestra, jajajaj. Así que hemos pasado dos meses de verano en Colombia. La cuestión era que ya teníamos el viaje programado para el mes de julio, como que no había prisa por volver y eso si que algo inaudito, decidimos quedarnos el mes de agosto también. 

Colombia como siempre nos deja cargados de energía.

Ahora los niños han comenzado el cole en España. Ya os contaré como les está yendo a mis pequeños viajeros.

Respecto a mí, no sé que será mañana, pero hoy intento vivir en el presente sin desesperarme, demasiado.

4 de junio de 2016

Expatriaciones repetidas

Siempre intento buscarle el lado bueno a la expatriación, no porque yo sea una persona positiva o con tendencia a ver todo color azul cielo, más bien soy crítica y negativa y con tendencia a ver el lado malo de las cosas. El positivismo no es algo natural en mí, tengo que autoimponermelo. 

Con la primera inmigración llegué a la conclusión de que si no intentaba buscar y saborear la parte buena de mi situación iba a vivir en la amargura constante y yo no quería eso ni para mí ni para mi familia. Además de darme cuenta de que por muy enfadada que yo estuviera el mundo seguía girando sin esperar a que se me pasara la rebequería.

Así que la mayor parte de las veces que escribo lo hago en positivo, como reflejo de mi manera de afrontar la cotidianedad. O intento contrarrestar lo negativo con lo positivo: no tienen a la familia cerca, conocen a genten de todo el mundo. No celebrarán las tradiciones de su cultura de origen, conocerán otras.... Así me ha ido funcionando y así intentaré seguir aunque no siempre me resulte fácil, porque mi negatividad natural intenta tomar el control de mis pensamientos.

Últimamente me está costando mantener ese positivismo a flote. Me da por pensar en los efectos que tendrá a largo plazo este modo de vida que llevamos, semi-nómada. Porque no es lo mismo cuando alguien emigra y pasa x años fuera y vuelve, que cuando alguien emigra y no vuelve, o cuando la emigración encadena varios países seguidos (lo que está siendo nuestra manera).

Sé, como os decía que hay una parte buena. Los cambios no nos asustan tanto como a otras familias con vidas más estables, los niños son flexibles, se adaptan rápido, hacen amigos con faciliadad. Conocen cosas porque las han vivido, no porque las hayan leído, entienden valores que han experimentado...

Ahora bien, lo negativo pesa mucho también. No tienen a su familia cerca, no han experimentado relaciones largas y duraderas de amistad, sí esa amistad infantil en que hoy somos muy amigos mañana nos enfadamos y pasado lo olvidamos. Ellos no saben que es eso. No tienen tradiciones asumidas como propias. No saben lo que es la estabilidad. Tienen que romper vínculos constantemente. Soportar el nerviosismo de sus padres con cada cambio. En casa es tan normal el cambio que el Kirikito a menudo me dice "cuando nos cambiemos de país quiero hacer clases de piano, o tener una bici, o llevarme mis juguetes..."
 
Hay momentos en que me entra el pánico y pienso en los efectos que tanto cambio tendrá para ellos a largo plazo. Ahora parecen felices y eso al menos me tranquiliza. Pero cuando sean grandes: ¿Sabrán vincularse? ¿Podrán tener relaciones afectivas duraderas (no me refiero sólo a pareja)? ¿Tendrán dificultades con las rutinas? ¿Se aburrirán con facilidad y estarán en una búsqueda constante de nuevas experiencias? ¿Nos echarán en cara no haberles proporcionado más estabilidad? ¿O pasará lo contrario y tendrán fobia al cambio?

Cuando entro en estos bucles de lucha encarnizada entre lo "correcto" y lo "incorrecto" lo único que consigue calmarme es la premisa que impera en mi vida desde que me coinvertí en expatriada: toda ganancia conlleva pérdidas asociadas de las que es imposible deshacerse. Así que escoja lo que escoja estoy perdiendo o, visto en positivo, escoja lo que escoja estoy ganando.  Lo único que tendría que preocuparme es que sean felices, y ahora lo son. Y respecto a su futuro bienestar por desgracia no lo garantiza ni el cambio ni la estabilidad. Así que supongo que me toca tomar aire y seguir luchando con la esperanza de que lo "bueno" de nuestras elecciones les pese más que lo "malo".




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